miércoles, 17 de agosto de 2011

El mal vicio de morir un poco


 “Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco.
 Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias”…
Vivir durante tantos días sin pausa ha sido agotador: ya no soporto el aire fresco que entra por las ventanas oxidadas de esta casa llena de humedades y dolores viejos. Imposible dormir en el corazón palpitante de una ciudad que convulsiona. Por las paredes se filtra hasta mi cabeza el sonido ensordecedor de la calle, ruido de vida que se vive, ruido insoportable que no me deja dormir.
La lluvia de las noches me duele en los huesos y el sol de las mañanas me quema los ojos como brasas ardientes. De nuevo he llegado al hastío de mí. ¿Puedes imaginar un sentimiento más bello que el hastío? Hay que amar mucho para cansarse sin remedio.
Mi cuerpo ahora parece un árbol viejo y solo de manera accidental recuerdo que soy una persona, con mis ojos cerrados y un fervor que eriza mi piel. Afirmar que “soy yo” es ahora  un acto de fe, una oración que me susurro al oído antes de ir a la cama.  
Mi vitalidad de hombre joven se fue como savia en mis palabras: me he convertido en corteza de mí. Las raíces ancladas en lo profundo han llegado a tierra estéril y el rocío jamás llega a mis ramas desnudas. Este tronco sin frutos  necesita descansar un poco. Los últimos días he envejecido tres vidas y solo pensar que moriré pronto logra apaciguar los estertores de mis continentes más íntimos.
El descanso será corto pero la gracia larga. Apenas si será un cerrar de ojos, un pestañear del Alma. No precisare de una larga jornada. La muerte solo tardará un instante en recorrer a mi existencia minúscula. Comenzará por mi cabello enredándolo como arañas y cerrara mis ojos. Antes de llegar a mi pecho aun podre escucharte en la otra habitación mientras respondes:
“No tardes, te espero”.
Mis manos caerán pesadas y la respiración difícil me dolerá en los pulmones. Pero justo antes de terminar me daré la tregua de cansarme otro poco. Respirando profundo, como un ahogado que el mar ha tirado ha tierra con el cuerpo inundado de agua y sal, te diré:
 “Amor, ya regrese”.
Continuaras leyendo tranquilo, pues me conoces desnudo y sabes de mi mal vicio de morir un poco cada tanto y de vivir a medias entre actos. Terminarás el párrafo de aquel mal libro e irás a buscar agua.
Aún sin reponerme del todo, me daré cuenta como entre una tregua y la siguiente mi Alma se ha vuelto resistente a la muerte y como ahora mi mayor temor sería no morir nunca, morir a gotas de alma hasta desfallecer en medio de la locura y los temblores del cuerpo. Le temo a morir a gotas tanto como le temo a los perros y ambos me respiran en la nuca cuando duermo.
De pequeño los perros me miraban a los ojos cuando pensaba en la muerte. Inquisidores me seguían por las calles y su aullido era en mis oídos anuncio al mundo del mal germen de las palabras que crecía en mis entrañas, siempre he llevado en mi ser la enfermedad de mí.
Germen que enfermaba mi cuerpo y enloquecía mi alma, cuanta belleza en mi pasión y cuanto dolor. No puedo imaginar vivir de otra manera: mi sufrimiento me mantiene con vida. En la urgencia de mí no hay huida, me soy sin escapatoria y sin remedio. Y solo así creo que una vida puede tener algún sentido. 
No recuerdo cuando emergiste en mí, pero amarte fue una tarea que se me impuso sin consultarme: llegaste sin preguntar, me enamoraste sin preguntar y también sin preguntar me ves morir un poco en las noches que no logro conciliar el sueño.
Poco entiendes mi locura y mis urgencias. Pero al terminar siempre me llevas un vaso de agua. Me miras con indulgencia y confusión. Me tomas la mano y me dices:
“Luces cansado, es hora de descansar un poco. Has muerto suficiente por hoy”

lunes, 8 de agosto de 2011

Lo pensé...


Pensé que te habías ido.
Para jamás regresar, pensé.

Para no pensarme, para no quererme.
Pensé que habías dicho adiós.

Pensé no pensarte jamás.
Ni un solo pensamiento, pensé.

Pensé que no volverías.
Que le pensabas, pensé.

Pensé que eras feliz...