Aun cuando todos le habíamos visto él insistía en que aquello había sido una aparición. Sudando y un tanto alterado no admitía discusión alguna. Nadie le comprendía, nadie le comprendía nada, y al mirarnos sin decirlo en voz alta –pues las cosas relevantes se dicen en voz baja- coincidíamos en el hecho que por fin había enloquecido del todo.Tomando un vaso de agua hablaba de su aparición. Decía que había faltado muy poco para que su piel saltara de su cuerpo a abrazarlo, a abrazar cada centímetro de su presencia, a abrasarlo con su calor.
Decía que le envolvía una luz particular, como un aura de esa que le pintan a los santos en los cuadros y que por eso aquello no podía ser humano. Se lamentaba de no haberle entregado un par de llamadas empolvadas que llevaba en el bolsillo.
La historia ya había inundado el pueblo y cada momento llegaban mas personas a escucharle. Hasta el padre de la iglesia del parque había venido, pero luego de hacerle un par de preguntas concluyo que aquello no era obra de Dios: “nos estamos llenando de locos” decía mientras regresaba a la casa cural.
Todos aun le rodeaban, no querían irse sin saberlo todo. Decía que se le había aparecido de frente, y que antes no había sentido nada extraño. También menciono varias veces la palabra canela, pero nunca supimos si hablaba de un olor, de un sabor o de un color.
Al terminar el vaso de agua ya la gente se había cansado y regresaban murmurando a sus casas. No había querido dar mas detalles. Decía que iba a esperar a que fuera un periodista para contarlo todo. Las apariciones –afirmaba- no se ven todos los días.

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