lunes, 18 de abril de 2011

Un par de palabras con olor a incienso

Permítame pensarlo un poco. Comprenderá usted que no es una tarea sencilla. Sí, ya recuerdo. Casi que puedo oler de nuevo el incienso que llenaba cada rincón de la Iglesia. Salía a mares de aquel incensario dorado que un monaguillo mecía sin descanso. 

El incienso había sumergido a la Iglesia en un tiempo y un espacio profundamente diferentes. No nos habíamos movido, pero indudablemente nos encontrábamos ya en otro lugar. Un espacio/tiempo extremadamente ceremonial que parecía velar con las cortinas de humo un misterio grande y divino. Las personas al parecer podían sentirlo. Respiraban y se movían con cautela. Yo –de la mano de mi abuela- casi que podía flotar. Sentía que me perdía en lo alto con el incienso. 

En aquel entonces percibía la iglesia como un espacio más amplio y generoso de lo que ahora realmente puedo constatar. La cruz grande e imponente del altar me parecía obra de algo de un orden diferente a lo humano. Repetidas veces la vi en sueños como una imagen que difícilmente mis ojos podían recorrer. Aquella era indudablemente la representación de una muerte divina, aunque en ese momento apenas si podía distinguirse tras el cuantioso humo que brotaba a sus pies desde el altar principal. Mi abuela rezaba mientras yo me perdía en los cantos y respiraba sin descanso aquel olor a Dios. 

No logro recordar que edad tenía y con mi abuela muerta no tengo a quien recurrir para intentar precisarla. Pero es el primer recuerdo que tengo de una vivencia religiosa. Podría incluso afirmar que es el primer recuerdo que tengo de cualquier cosa. Una imagen borrosa con olor a incienso que aun eriza mi piel al recordarla: mi abuela y yo en la Iglesia de San Marcos un domingo cualquiera de un año cualquiera.

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